Diga Treinta y Tres

El miércoles 13 de Octubre, tras un operativo de más de veintidós horas, concluyó el rescate de treinta y tres mineros que permanecieron atrapados por setenta días a 622 metros de profundidad al interior de la mina San Esteban, Región de Atacama.

Los hechos concitaron gran atención mediática que se estima sobre mil millones de personas y ameritan una reflexión acuciosa, objetiva, prudente y responsable sobre las tareas que el país debe asumir frente a un requerimiento que no admite evasivas y que debe, con igual entusiasmo, aplaudir las bondades del rescate y reconocer las falencias que lo hicieron necesario.

El mejor homenaje que podemos y debemos brindar a los trabajadores protagonistas, es dar respuesta, como país, a tantas inquietudes e interrogantes que desfilaron en la larga noche que queda atrás, para que el nuevo amanecer ofrezca a sus hijos y nietos una claridad de paz social necesaria y factible.

La utilización de una desgracia como objetivo de un reality no era la vía razonable para informar con dignidad y respeto que los hechos exigían, lo que no se puede revertir pero que al menos, en la actual etapa de recreación se espera mayor moderación y el reconocimiento de los actores de la dimensión real del protagonismo por el que forcejean.

Si el reality se instala definitivamente como sistema de enfoque de los hechos de interés público, la voz del ciudadano común tiene hoy más y mejores canales de expresión y así lo comprobaremos. El aforismo “no hay mal que por bien no venga” tiene una comprobación  maciza y es una explicación simplificada del materialismo histórico dialéctico. El catastrófico derrumbe que atrapó a los mineros, a los que se les impidió salir de la mina tres horas antes, al advertir crujidos que evidencian la inminencia de que tal ocurriría, es un mal que debió evitarse y  de cuyo referente es de toda lógica deducir conclusiones consecuentes. Los colados al reality, disputando su permanencia en pantalla, harán cuantos malabares sean posibles para disputar cámara. Los invitados de piedra de los estratos dirigentes políticos y económicos, procurarán explicar lo imposible y sacar conejos del sombrero. Los auto flagelantes y autocomplacientes-corrientes transversales en todos los conglomerados de la especie- están eufóricos y es así que asistimos a un espectacular festival de “cabezas de pescado” de la más variada índole.

En los siguientes apartados intentaremos sintetizar como nos pilló el derrumbe y como queremos apreciar la sonrisa y nueva imagen de los héroes verdaderos a consecuencia de su increíble experiencia. El último de los mineros rescatados, el Jefe , nos pasó un sencillo aviso: queremos un Chile mejor. Tiene razón. Se puede. Hagámosle caso.

En el siglo pasado, los médicos para detectar un resfrío nos ordenaban: “Diga treinta y tres…”. Hoy los treinta y tres mineros, sin proponérselo, nos pueden rescatar de la UTI. SIN SORDINA.

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